LA GUERRA SUCIA NO EMPEZÓ CON FUJIMORI
La feliz extradición del ex presidente prófugo Alberto Fujimori, por siete delitos, dos de ellos de lesa humanidad, ha vuelto a traer a la memoria pública los asesinatos ejecutadOs por el paramilitar Grupo Colina en Lima, en la Universidad La Cantuta y en una casa en Barrios Altos; y abre un camino que parecía imposible: que Fujimori pague por sus crímenes.
Como se sabe, el Grupo Colina fue organizado por el ex asesor presidencial, Vladimiro Montesinos, y por miembros de la alta inteligencia militar peruana. Actuó al amparo del gobierno de Alberto Fujimori, que primero condecoró a sus miembros, y después los amnistió (habían sido condenados por la justicia militar debido a un imprevisto escándalo público).
El escritor Mario Vargas Llosa se ha sumado, con notoriedad, al coro que condena los crímenes del ex presidente prófugo, y que manifiesta alegría por la extradición concretada. En entrevista publicada por el New York Times el 07 de octubre de 2007, el autor de 'Conversaciones en la Catedral' ha dicho que la extradición del ex mandatario "es un ejemplo para el futuro; (Fujimori) era un terrible dictador; mató mucha gente; (...) cometió las más atroces violaciones contra los derechos humanos".
Mario Vargas Llosa, que ha dado prueba de saber usar el lenguaje, no finge: convierte al asesino Alberto Fujimori en chivo expiatorio para que otros -democráticos por no haber cerrado el Parlamento- aparezcan como buenas gentes. Decir que Fujimori cometió "las más atroces violaciones a los derechos humanos" y que fue un "terrible dictador", sin decir nada de sus democráticos antecesores, es quitarle importancia (o no fueron atroces, o lo fueron menos) a los crímenes cometidos por las Fuerzas Armadas del Estado Peruano, en la alturas andinas, en la década de los '80.
Cuando el novelista menciona que Fujimori fue un "dictador terrible", esconde un propósito definido: confundir. Quiere hacer pensar que Fujimori fue un criminal porque fue un dictador, y además uno terrible. A toda costa, quiere embutir la atrocidades de Fujimori (detener, torturar, asesinar, calcinar, enterrar: lo que en tantas tierras latinoamericanas se llama "desaparecer") en esta menuda lógica, haciendo tabla rasa del pasado.
Se conoce bien que la dictadura de Fujimori fue más bien de carácter técnico y "postmoderno" (controló el grueso de la prensa y de la oposición con montañas de dinero). Su gobierno era reconocido de hecho como democrático por todo el mundo, incluso por EE.UU., con el que tenía excelentes relaciones. Después de la disolución del Congreso, el orbe democrático -como se recuerda- le exigió a Fujimori que cuide las formas, y las cuidó, con nuevas elecciones libres. Fujimori se legitimó tan bien después de cerrar el Parlamento, que su nueva Constitución Política sigue vigente en Perú, sin escándalo.
El novelista convertido en analista de la realidad sabe muy bien (pero disimula) que la matanza de Barrios Altos se perpetró el 3 de noviembre de 1991, y que la disolución del Congreso el 5 de abril de 1992. El paramilitar Grupo Colina se formó, desde luego, en Democracia, y empezó a actuar con su protección.
Mario Vargas Llosa enseña para quién simula que piensa, cuando quiere hacer pensar que la Democracia es incapaz de cometer atrocidades. El novelista más importante de Perú dice que el dictador Fujimori "mató mucha gente" para hacer olvidar que la gran mayoría de violaciones de derechos humanos cometidas por el Estado -como reveló la Comisión de la Verdad- ocurrieron en la década del '80, cuando el dominio de la acción militar era de dos gobiernos democráticos y constitucionales: el de Fernando Belaunde, quien fue enterrado con honores de Estado en 2002; y el de Alan García, quien fue reelegido en 2006 como presidente de la República.
Al autor de "La ciudad y los perros" no le importa hablar de manera equívoca, o abiertamente manipulatoria, si es que no desprestigia el sistema político que adora. Con el mismo fin, y para proteger el buen nombre de la Democracia impulsada por Bush, tampoco le gusta mencionar en qué filosofías contrasubversivas los violadores latinoamericanos de derechos humanos se han inspirado, y se inspirarán. ¿Acaso el asesor presidencial Vladimiro Montesinos, gestor del paramilitar Grupo Colina, no había sido un agente de la C.I.A. (el capitán Montesinos fue condenado en 1976 por traficar información al gobierno de EE.UU.), y muy probablemente todavía era uno de sus "hijosdeputa" cuando cayó en desgracia, por traficar armas por su cuenta?
¿Acaso los militares peruanos, argentinos, uruguayos, chilenos, nicaragüenses, y un larguísimo y doloroso etc., tuvieron la infeliz idea de torturar y 'desaparecer' a las gentes como una revelación aislada pero común? Próximos a la guerra sucia iniciada en 1983 en Perú, estaban los mismos asesores de inteligencia y combate contrasubversivo de EE.UU. que una década antes habían bombardeado el Palacio de la Moneda, en Santiago de Chile, para derrocar al presidente socialista Salvador Allende y desatar una redada criminal con un militar fascista como cabeza de Estado; los mismos que en Argentina acababan de enseñar a torturar, por sistema, a todos los sospechosos de disidencia política.
Las orgías de sangre ejecutadas por el Estado, en dictadura o en democracia, se realizan con la colaboración de muchísimas personas que justifican o encubren (para defender un país, o más precisamente para defender un orden político y económico) la sistemática violación de derechos humanos, la ejecución planificada de atrocidades. Mientras la guerra sucia estaba en su apogeo en Perú, personas como el hoy Cardenal Juan Luis Cipriani -entonces arzobispo de Ayacucho- y el hoy democrático -entonces también- periodista Jaime de Althaus (dos personajes públicos con mucha influencia en la actualidad) negaban las matanzas y torturas realizadas por las Fuerzas del Orden, en las que confiaban absolutamente; afirmaban que las denuncias eran inventos de las organizaciones 'comunistas' de derechos humanos, y que los peruanos 'desaparecidos' eran terroristas que habían pasado a la clandestinidad o muerto en combate.
Mario Vargas LLosa no desconoce la trágica realidad de la década de los '80, pero tiene una manera 'muy de derechas' de encararla. Ha afirmado que Sendero Luminoso tuvo "la responsabilidad primera y mayor en la orgía de violencia" (Ideele nº 158), que es una manera suave de decir que Abimael Guzmán no sólo es responsable de los crímenes cometidos por Sendero Luminoso, sino también de los crímenes cometidos por la represión organizada por el Estado contra la banda maoísta.
El mismo escritor entra en detalle: califica el accionar de Sendero Luminoso como "cataclismo sanguinario que arrasó aldeas y pueblos", y afirma que este cataclismo "provocó una violencia desmesurada en las Fuerzas del Orden". Es decir, Sendero Luminoso provocó la violencia esencialmente buena pero esta vez desmesurada de las Fuerzas Armadas. Según el escritor Vargas Llosa (que ha construido complejísimas novelas de finas y abundantes tramas superpuestas) el Estado Democrático no cometió parejas atrocidades: le faltó mesura por culpa de Sendero.
Mario Vargas Llosa concluye, además, para atenuar la responsablidad secundaria y menor del Estado (Sendero Luminoso tuvo "la responsabilidad mayor y primera"), que las Fuerzas del Orden no estaban "en absoluto entrenadas ni equipadas para hacer frente a una acción insurrecional" y que "estaban habituadas por una larga tradición de gobiernos militares (...) a actuar con olímpica prescindencia de la legalidad" (ídem). De esta manera fabulosa, el novelista Vargas Llosa convierte las atrocidades cometidas por el Estado Democrático en la década de los '80, ejecutadas por una concreta voluntad gubernamental y por un plan militar determinado, en actos culposos y no dolosos, que no fueron pensados, decididos ni ordenados por nadie: falta de preparación, impericia, intenso reflejo atávico heredado de las dictaduras militares, desmesuras del Estado provocadas por el sanguinario Sendero.
La aversión que Mario Vargas Llosa muestra por las violaciones de derechos humanos es mediática (para la foto) y eventual (depende quién). Ante el "terrible dictador" Fujimori, aparece como firme defensor de la vida humana frente a la barbarie estatal; pero ante los crímenes de la Democracia en la década de los '80, cuando el Estado no ahorró atrocidades al igual que Sendero Luminoso, el escritor aparece menos enfático y más contemplativo: los condena con tan poca firmeza, los explica tan bien, busca tan pocos responsables concretos, que casi los defiende.
Importa recordar que Mario Vargas Llosa es tan moralmente difuso, y violentista, como para haber justificado, por escrito, los bombardeos que EE.UU. y la OTAN realizaron contra el pueblo de Yugoslavia, en 1999; y apoya hoy mismo la ocupación, expoliación y masacre mantenida contra el pueblo de Irak, desde marzo de 2003, por decisión del presidente norteamericano George W. Bush; todo en nombre de la Democracia. No sorprende que, con afinado descaro, el novelista Vargas Llosa pudiera empezar sus crónicas sobre un país ocupado por un ejército extranjero, escribiendo: "Irak es el país más libre del mundo". (Diario de Irak 1, junio-julio de 2003).
En Irak han muerto ya más de 600 mil personas a consecuencia de la invasión militar; coherentemente, EE.UU. no sólo se niega a suscribir la Corte Penal Internacional (que perseguiría y juzgaría a los violadores de derechos humanos y criminales de guerra en todo el mundo), sino que anima a otros países -a cambio de promesas y donaciones- a no suscribirla, o a retirar la firma. EE.UU. desafía abiertamente a la O.N.U., cuando no la influye totalmente, y desarrolla con furor un terrorismo de Estado a escala planetaria, usando -de manera intensiva- armas prohibidas como bombas de racimo (que descuartizan y calcinan al azar personas en un radio de más de 100 metros) o misiles con uranio empobrecido (que contaminan con radiación aguas, tierras, alimentos y gentes).
Tener un criterio escurridizo y tendencioso para juzgar las violaciones de derechos humanos, no le impide al novelista Mario Vargas Llosa publicar artículos de opinión en los más grandes y respetados diarios y revistas. Es un voluntarioso paladín intelectual en la lucha por la prevalencia de la Libertad y la Democracia en el mundo. Por acción y omisión, sirve bien a la Democracia del Nuevo Orden Mundial, impulsada por EE.UU. Considera que las atrocidades perpetradas por la Democracia no existen: son actos "buenos" en un sentido ético, y además "defensivos", que acaso pueden perder mesura y causar "daños colaterales", por culpa del terrorismo subversivo. Así siente Bush hijo; así siente Bush padre. Así siente el novelista Mario Vargas Llosa y su hijo, el ensayista idiota. Así sienten los asesores norteamericanos en materia antiterrorista. ¿Acaso no siente así la derecha militarista de todos los países, siempre dispuesta a justificar el terrorismo de Estado? ¿Acaso no sentían igual los ejecutores del Grupo Colina, los ejecutores de las atrocidades en los '80, sus ideólogos escondidos en las sombras, y sus defensores, con el Cardenal Cipriani y el periodista De Althaus encabezando el cortejo? ¿Acaso no tienen todos una forma de inteligencia similar?
Mario Vargas Llosa denuncia en el New York Times "los más atroces" crímenes de un "dictador terrible", para encubrir miles de crímenes atroces cometidos por la Democracia de ayer y hoy. Confía en la poca memoria y en la poca sensibilidad de las gentes, tan limadas por los eslóganes políticos. Por eso puede decir "Fujimori mató mucha gente", sin despeinarse. Sus lectores son convencida legión, y lo sabe.
Publicado el 16 de octubre de 2007. Actualizado: 18.10.07.
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