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Una impecable soledad

Luis Hernández

    Extraído de "Vox Horrísona. Obra Poética Completa. 2ª ed."
    (Edición y notas de Ernesto Mora. Punto y Trama. Lima, 1983).
    Luis Hernández nació en Lima en 1941,
    y se suicidó en Buenos Aires en 1977.


         

         

         

        Para el que ha contemplado la duración
        lo real es horrenda fábula. Sólo los
        desesperados,
        los que soportan una impecable
        soledad
        horadando las casas, podrían develar
        nuestra torpe carencia
        la cana sobriedad del espíritu.

        Juan Ojeda

       

         

         

      A Juan Ojeda
      a quien no conocí

 

 

BOOK THE FIRST

 

Shelley Alvarez se sentó al piano para iniciar la Ofrenda Lírica de Bach. Al lado del pedal de resonancia brillaba al sol de otoño una botella de whisky Johnnie Walker.
Y en el interior, confundida entre las líneas del arpa, Shelley Alvarez escondía un fragmento de haschisch, tan sólo por eufonía.
En el horizonte algo simulaba una luz: era el reflejo de un letrero de hojalata.
Shelley digitó la Ofrenda sin reparar en el Tiempo.
Luego cerró el piano y escuchó la Música de las Esferas.
Fue entonces que decidió tomar un baño de tina.

Mientras lo hacía en medio de avisos, voces, crujidos, surgió de la radio La Última Canción de Richard Strauss. Y el Universo alcanzó para Shelley el Mc2. Shelley Alvarez no creyó estar soñando: su perfecta formación dentro del Empirismo inglés jamás se lo hubiera permitido.

La Canción concluyó, y Shelley recordó con Melancolía, que él nunca conociera
La Melancolía, ni el temor, ni, quizás, la dicha.

Mientras se secaba leyó el poema que alguna vez dejó en un papel:

Mi primer Amor fue La Música
Mi segundo amor fue El Amor
A la Música. Mi tercer
Amor fue triste y feliz

Y se entretuvo arrojando dardos, para alejar su corazón de su corazón, porque el recuerdo del Amor es más fuerte que el Amor.

Pero existían los dardos, y el whisky. Y algo más: Shelley tenía en sí una cierta soledad que acompaña, una soledad que no mata: una impecable soledad.

 

* * *

 

Poseía dos pianos: un Pleyel y un Erhard, con los cuales viajaba en algún trasatlántico: de preferencia el France.
Y mostraba con indiferencia el vacío de su vida; porque no era vacío, sino plenitud. Nunca intentó responder la pregunta, y su vanidad legendaria partía de saberse misterioso. Cuando en las tardes de verano la arena a merced del viento se extiende a impulsos de las manos de Dios que habita en los frascos de cerveza, y todo está en Fa mayor, Shelley incluso hablaba.

Y solamente por una vez nombró lo que no pudo ser. Y así como dos pianofortes, poseía dos automóviles: un Volvo de dos puertas y otra máquina cuyo nombre no recordaba desde que escuchó Islamey y contempló el mundo con cierta aprehensión.

 

* * *

 

ARS LONGA
VITA BREVIS

Así podía leerse en sus ojos cuando daba color al último Concierto Romántico y primero de Prokofieff.
Pero en la música hay algo impalpable: Beethoven murió solo, cirrótico y sordo, sin quejarse, sin dinero, sin lamentables homenajes, sin autocompasión. Único en un mundo del sonido. Un sordo cuya flor era, si no la vibración, el alma. En qué blanco Amor residiría su fuerza.

Credo in unum Deum
Wie betreber Feuertrunken
In deine Heilligtum

Shelley brindó con el Johnnie Walker, imaginándolo el vino del Rhin, la patria de Beethoven. Y después por la valentía, tan admirable como el abandono. Y luego por la ternura que se asemeja a alguna palabra que en nadie encontró corazón:
Una impecable soledad.

 

* * *

 

Solo hay alguien que jamás engaña. De nombre Dios, de caracteres de infinita flor: flor de los Alpes, flor de los vendedores ambulantes, flor de plástico, flor que abandona pero que siempre acompaña. Shelley Alvarez aspergió con desodorante de habitación el garage: era en demasía notorio el denso olor a pasta básica Eritroxilón coca.

 

* * *

 

Shelley Alvarez robó un diapasón durante una fiesta poblada. Al escuchar el La, pues de inmediato lo usó, aún delante del damnificado, creyó oír un jardín. Luego, contra su costumbre, bebió champaña.

Con una impecable soledad Shelley observó que su mundo era el mundo. Qué extraño planeta, se dijo. En lo alto brillaban Alfa Centauri y próxima su compañera. No estoy en todo de acuerdo con el Anti Dühring, pensó, tampoco con las personas que gritan, ni con los seres que prejuzgan. Enseguida optó por beber más champaña: va il pensiero, en alas de la fantasía. Nuevamente salió al jardín y esta vez dispensó incluso a los seres que prejuzgan.

Y el Amor no abandonó desde ahí sus ojos.

 

* * *

 

El ser humano no es un mueble, fue la conclusión a la que llegara Shelley luego de ejecutar de memoria y de pie los Estudios Trascendentales de Ferenc Liszt, llamado Franz en algunas regiones centroeuropeas.

Aspergió entonces el piso con whisky para ambientar las escocesas de Beethoven. Las siguientes ocho horas fueron dedicadas a ejercicios de digitación tan tediosos que no aburrían.

 

* * *

 

A velocidades demenciales Shelley se encaminó a la playa cantando In fernem land de Lohengrin. Bajó del automóvil y bebió seis cervezas y algunas más en el bar de Gamboa. En el recodo del Caplina perdió los cuentos de Chejov.

Qué agradable es estar solo, dijo, y avanzó en la laberíntica playa con entusiasmo tal que se halló a sí mismo, nadando Dios sabe cómo. El nadador era Byron, sabido es, y su padre lo había bautizado como Shelley pues admiraba a Keats.

Nuevamente en el automóvil y por completo empapado, Keats Alvarez retornó a su casa, regando de arena reluciente todas las habitaciones, pues fuera del piano y la Melancolía era un Autralopithecus, un Mowli.

Ingresó a la ducha y egresó de ella con la curiosa sensación de no hallarse embriagado.

 

* * *

 

BOOK THE SECOND

 

Shelley Alvarez se presentó en el Teatro Municipal de Lima, mi ciudad natal, un invierno de 1975.
Interpretó el último Concierto Romántico: el primer concierto de Sergei Prokofieff. Muy correcto Shelley, de smoking blanco y corbata lila. En el alma llevaba a la estrella Sirio, el Sol, a los grandes planetas y una soledad impecable.

Durante la ejecución del Concierto recordó un jardín pleno de geranios, galletas de animalitos y a la Suite Anthar de Rimsky-Korsakoff.
Pasado el Concierto, Shelley Alvarez se dirigió a festejar su triunfo.

Lo hizo en un parque vallado de madera suspendido sobre el mar de Miraflores. Inexistente casi, anduvo bebiendo cerveza helada y poseído como lejanas veces, de la compañía de maderos, enramadas y del Tiempo que transcurre en ciertas almas.

 

* * *

 

El concierto era transcurrido. Así el festejo posterior. Shelley, que jamás recordaba lo pasado, nunca lo olvidó. La crítica de los diarios habló de sorprendentes cualidades, de pureza de fraseo, de profunda comprensión. Shelley conservó para siempre tan sólo la imagen de las cervezas y el cielo...

No volvió a presentarse en público.

 

* * *

 

Shelley Alvarez improvisó arpegios con la mano izquierda durante dos horas; seguidas éstas, anduvo por el jardín, pleno el corazón del aire lento y una Flor del Estío que no he de olvidar.

La extensa pradera y la noche se extendían hacia los cinemas, y la lengua del mundo ha de cantar. Tu rostro me recuerda una voz lejana y tu Amor que no es ensueño sino Amor, The Royal Fireworks y el agua que sobrevive a un lado del Espacio, más bien yo diría en el océano silencioso o los abismos donde las estrellas proyectiles de movimiento angular muy sensible como Van Maanen.

Todo esto pensaba en tanto Shelley Alvarez. Su nave espacial, elefante o Volvo 121 lo esperaba reposando en la bruma.

Shelley, que odiaba la ternura, no se emocionó al ver su automóvil. Más bien le pareció hermoso y lleno de perfección y la estultitia.

Había bebido un frasco de whisky y su alma dijo que el ser humano sería feliz si lo quisiera. Pero aún sin whisky ya lo había pensado desde niño, durante la lectura de los versos de Roberto Browning, Yeats o Petrarca.

O sea que usted cree en los libros. Le había preguntado una señora. No, dijo Percy B. Shelley Alvarez, pero creo en los que jamás dejaron de creer que el odio aún es sólo una forma del amor. Usted oculta tras su pretendido amor un inconmensurable odio. No odio a nadie, pues a nadie conozco. Soy solitario, le había contestado Shelley Alvarez. Usted es narcisista, le había asegurado un psicoanalista durante entrevistas a las cuales Shelley Alvarez asistía por visitar San Isidro. Eso no me impide tocar el piano, había susurrado Shelley Alvarez mientras navegaba hacia Marte, para contemplar los canales del glorioso Schiaparelli.

Porque era evasivo: evasivo por solitario, impecablemente solitario.

 

* * *

 

Shelley Alvarez comía papas rellenas en el Estadio Nacional del Perú. El partido era una piscina de aire y el césped, las luces, el humo extendido bajo los faroles.

Nous aurons pensée comnent avant, la vingtieme année. Entre el público: todas las luces del Estadio para una gran noche. Texte premonitoire, pues los partidos colmaron con creces las palmeras del parque cercano y la alegría de las grandes fiestas y todo aquello que desdeñan quienes sufren de un exceso de sensibilité douloureuse et d'intellectualité.

Al llegar a su casa, Shelley escuchó melodías de Cristopher Wilibald Gluck, creo que Ritter o algún título de caballero, como que lo era, ¿quién no se ha extasiado ante la pureza de Gluck? y cosas semejantes que se lee en las Enciclopedias de la Música.

Mientras tanto hacía planchas y otras gimnasias tediosas pero entretenidas, y que permiten pulsar y hacer oír un Pleyel a 15 verstas (Shelley medía, como homenaje a Carlos Marx, las extensiones en verstas). Il serait facile de citer bien d'autres allusions analogues dans el pensar de Shelley. Luego envuelto en el Universo glorioso, bajo el cuarto creciente y Saturno, el pérfido planeta, el pianista contempló los alambres, los asfodelos, los tulipanes, la continua floración de la Tierra.

 

VIER JAHRESZEITEN

El Dorado Estío se acumula en los restaurantes al borde de la mar: la mar, los ríos, los estanques, los espejos que devuelven la imagen, imagen que, al igual, sueña y sigue la vida en su reflejo.

 

* * *

 

Miroirs de Ravel estallaba en la Avenida desierta: vidrios, chapas, fósforos, latas; y todo el prestigio del asfalto tarde, cuando uno regresa por el centro de las pistas, con la huella del día como el borde de la espuma sobre el mar, avanzando, hasta que la orilla llega: casetas, hierros, ámbar y un óxido impalpable: El Otoño.

 

* * *

 

Luego pensó en Aristóteles, el Metafísico, quien dijera: para vivir sólo hay que ser un animal o un Dios. Soy un animal, dijo mirando con indiferencia sus manos. Pero la suya era la soledad que no mata, la soledad que no aísla, la soledad que no entristece, la pequeña música nocturna. Andar perdido pero con una dirección que emerge del feeling o del swing, o del estilo de Shelley: interpretar la obra musical sin temer a la Belleza, tan temible.

Shelley bebió entonces, para cambiar la Belleza del Universo en otra Belleza igualmente real.

So wonder so beauty so terror.

Y su paz del alma residía en su inquietud constante, pero llevada a la simetría, a la azul coherencia surcada de yates. Y algas que el mar amó.

Yo quisiera dar vida a esa canción que tiene tanto de ti.
Y luego de tal Lied, porque Lieder hay también en el Sur, Percy B. Shelley Alvarez durmió.

Lo despertó un sonido semejante al Fa.

 

* * *

 

       

      Dies ist Musik fürs Denken!
      Solang man sie hört
      Bleibt man eiskalt,
      Vier, fünf stunden darauf
      macht sie erst rechten
      Effekt.

 

 

Qué es aquella flor
Que llevas
Pueda ser una flor
De lejanos días
Y te hablará de mí
Y tal vez te dijera

Shelley Alvarez estaba sentimental. Tal raro estado le sobrevenía tan sólo algunas veces. Quizás fuera verdad lo que dice el valse:
Los afectos son leyes que gobiernan y mandan.

Porque cuando Shelley estaba sentimental llegaba aún a aquel demoledor llamado recuerdo.

Qué es aquella flor que llevas
Pueda ser una flor
Ya marchita de lejanos días

Y el afecto lo perturbaba estilísticamente. Una tarde, debido al sentimiento, olvidó un bemol y recordó alguna tristeza: pero el Preludio ganó algo: así debió soñarlo Federico Chopin en Palma de Mallorca: Qué es aquella flor que llevas.

 

* * *

 

En medio del jardín había largas mesas colmadas de pavo, aves obtusas, langostas, espárragos.

Shelley Alvarez esperaba más bien el whisky, tenía diez y siete años y ensayaba La Luna se ocultaba tras el Templo que Fue sobre el muro.

No era torpe haciendo aquello que llaman bailar. Simplemente, no bailaba, pues no comprendía la música mal interpretada ni siquiera aquella perfecta y exquisitamente mal interpretada. Pero admiraba la magia de las fiestas, el descubrimiento de cervezas en la cocina, la asombrosa sensación de hallarse entre seres ebrios.

Un día en La Opera de Viena fue obligado a asistir al torbellino del Waltz. Lo hizo, y quedó con una impresión nebulosa.

 

* * *

 

Shelley había leído al Profesor Freud, diciendo: Todo aquel que se pregunta por el sentido de la vida, está enfermo. Y lo creyó.
Sería como preguntarse por el sentido del piano, pensaba. La palabra sentido es nonsense, trabante, antigripal, por decir algo fuerte (Alvarez jamás pronunciaba malas palabras).
Creía que la gente que se preguntaba por tal sentido concluía fabricando pianos rosados, o armas, o escribiendo pornografía o loas políticas. Por eso no se preguntaba por el sentido de la vida.

Nonsense, respondió una vez que fuera demandado en tal sentido por una señorita poseída por el Tetrahidro Cannabinol e incluso sintió cólera.

Aunque pocas veces sentía cólera. Porque sabía que si alguna vez se irritaba podría golpear, y Hermann Melville le había relatado la historia de Billy Budd.

 

* * *

 

Shelley Alvarez o Gran Jefe Un Lado del Cielo (puesto que son uno, el primero con el piano aquí y allá, y el segundo igualmente humano, pero piel roja) tocó un recital en una pequeña Sala de Conciertos: lo hizo por dos motivos: debido a que el piano era Steinway, y por extender sobre el espacio Islamey, Fantasía Oriental, obra de dificultad suprema, pero de sencillez infinita para alguien que hubiera navegado como él, en el Océano Índico, con Nikolay Andreiewitch Rimsky-Korsakoff y Rimsky o Balakireff, igualito es.

Antes del Concierto, como lo hiciera desde pequeño, rezó:

Señor: tú que estás
En lo absurdo y también en las latas,
La basura, la miseria,
Los cintilantes tejados,
Los jardines escondidos,
El amor, la brea,
La tristeza, la desesperanza.

Señor:
Tú que habitas
También en los fragmentos
Que quedan
Tras las terribles
Noches de los bares
Oscuros, en las moscas,
En los callejones sin salida,
En las llagas.
Señor: no me oigas:
Oye más bien
Lo que resonará
En la Música
Arte purísimo
Que cercano
Desciende y llena
Si no el corazón
De otros, por lo
Menos el mío,
Porque soy pianista
Y no sé otra cosa
Además del piano
Y la soledad.

Terminado lo cual, agregó un Padre Nuestro, y se dirigió al escenario.
Hay gentes que nacieron para la luz del día y hay otras que nacieron para un vago fulgor.

 

         

        Bajo el Sol resuenan
        las Danzas sacras
        y profanda
        De Debussy

 

 

Shelley las escuchó en el tocadiscos instalado en la maletera de su Volvo blanco y helado. Dado lo cual comió ensalada de tomates y observó el crepúsculo. Con cierta soledad: el jardín florecía y comunicaba a otro jardín el agua de la manga del riego que semejaba una liana en reposo, o a Liana, la salvaje, superproducción de los años 40.

 

1

 

John Keats Alvarez anduvo por la noche plena de bruma en la ciudad de Lima, South America. John Keats Alvarez creía haber leído alguna vez aquella sonrisa. El Tiempo, Inmóvil, se utilizaba para jugar al Todi, un juego de azar.

Quizás si pierdes o ganas, bebes más cerveza que nadie que te rodea y la calle se transmuta en un río donde navegan alambres de teléfonos, automóviles.

Luego ingresó a un restaurantetc.

 

2

 

       

      Y aunque atrases la agua del reloj
      el Sol seguirá saliendo.

      Robert Schumann

 

 

Luego continuó por la misma senda salir al jardín florido de mariposas ligeras.
Y un Amor.
El Amor que no es ciego
Ni tonto
Y que únicamente
Puede amar
Y con ello basta; el cortinaje del cine Roma se plegó sobre el ramaje de cristal. Era el aire silencioso del cinematógrafo vespertino, en Primavera, era la paz casi sin sonido de los cinemas, que nos hace soñar en lo que sí pudo ser; y es. Y así dibujas sobre la alfombra del corredor umbrío, conducido por una linterna a pilas secas, o una linterna sorda, si eres imaginativo, un camino hacia tu asiento, en la fila primera de una superficie en declive, poblada de terciopelo escarlata. Y espectas el buen film.
Con los ojos
Con el mirar
Con la Armonía
Con la Nostalgia de la
Cual no eres culpable
Sino que yo te he conocido
De la estirpe
De los Asra
Los que mueren
Cuando aman.

 

John Keats Alvarez escuchaba la Primera Sinfonía de Carlos Ives. Al llegar el movimiento de las praderas o zweite satz, surgió en él el piel roja. Y se dirigió en busca del buen tabaco de Virginia: 24 soles peruanos.

Demasiado tarde, pensó sin revelarse ni a sí mismo lo tardío.

El crepúsculo es rojo
El cielo es azul
La cerveza es ámbar
Los golpes militares dan náuseas
La realidad es transparente
El engaño es antifisiológico
La noche es feérica
Y así cada cosa en el
Universo posee un carácter
Qué es la brisa
Qué es la arena
Qué hora es

John Keats, pese a aborrecer la introspección, notó que se hallaba divagante.

Luego de culpar al tabaco, inició las visiones fugitivas de Prokofieff.

Con cierto soledad inexplicable.

 

Alfred Alvarez reflexionaba acerca del césped, esa extraña superficie luminosa que antecede a las casas. Por unos instantes pensó que el césped era un sueño, pero al decidirse a regarlo, concluyó que no tal. Mientras colmaba de agua el jardín, cantaba dentro de sí Im Abendrot, la última canción de Strauss.

 

Tan profundo el atardecer
Por él hemos transcurrido
Será la muerte así

A qué se debería que Muerte y Amor fuesen temas tan románticos, se preguntó Shelley. Quizá debido a que a todos sucede, se respondió cerrando la espita y dirigiéndose al piano.

Recordó que antaño, durante una fiesta donde la cremolada, Elvis Presley, bailamos la siguiente, había descubierto un rincón, corner o Ecke, y, en él, un gramófono. Y entre los discos el Requiem de Fauré, ese canto a la vida y a la Armonía. Una colegiala lo había descubierto en su audición. Era el día de los descubrimientos: 12 de Octubre, y demandándole: qué horror oyes, por qué eres tan así.

Shelley repuso, impecablemente solo: La Misa de Requiem de Gabriel Fauré, nacido en la Francia. La niña emitió algunas ondas sonoras que Shelley no pudo organizar, y huyó hacia la cremolada.

 

Now we are tired, how tired!
Can this perhaps be death?

Shelley sabía algo que tú no sabes, estimado lector, algo que no está en el bim ni el bam ni el boom.

 

* * *

 

Shelley cantaba la última canción de Richard Strauss, lo cual no es lo mismo que esquiar en Garmisch-Parten-Kirchen.

Kurze Zeit vor Seinen Tode griff der vierundachzigjährige Komponist auf eine Form zurüch der sich seit seiner Jugend enthalten hatte: das Orchesterlied.

Luego leyó Historia de la Música, impecablemente solo, correctamente vestido y ateleológico en máximo grado y mínimo esfuerzo. Porque para Shelley todo era sencillo, todo menos escuchar la música falta de gusto.

Stravinsky había dicho: tolero el buen gusto, tolero el mal gusto, pero no tolero la falta de gusto. Y Shelley Alvarez participaba de dicho loco sentir.

 

* * *

 

La única desazón de Shelley siempre fue: ¿llegaré alguna vez a cometer un erro? Puesto que el error más ligero acabaría con su soledad, Shelley, en compañía, perdería el dominio del piano, y su corazón se quebraría, pues en compañía se sentiría solitario: Ars longa, vita brevis.

Selig, wer ohne Sinne schwebt.
Recitó de Bretano, el poeta, no el psicólogo.

Porque Shelley en reuniones se sentía de opereta de Friml. Los ojos del niño Mozart...

Y todo ser humano debe contemplar su propia obra y ver que es buena, porque no sé quién nos hizo a su imagen y semejanza.

Si Shelley hubiese sido novelista, escribiera una novela psicológica, como Stendhal: el cielo tiene playas donde evitar la vida y hay cuerpos que no deben repetirse en no recuerdo qué.

Shelley pensaba: si supieran lo sencillo que es hablar conmigo. Sabía que algunos le tenían temor, que otros aseguraban estimarlo, que la Suite en Blanco y Negro de Sergio Lifar era el esplendor de la Opera de París y que el mal era una simple leyenda.

El Sol ese segundo corazón del hombre. La gente no lo aterraba. La apreciaba, mas sin afecto: como al dócil Bóreas por dar una imagen literaria insuperable.

 

Viento del Oeste
De dónde vienes
Dile a quien escribió
Su nombre
En las aguas
Una oda

Shelley Alvarez sonrió al leer lo que su mano trazara sin intención.

 

Yo amaría
Decirle a la noche
Nada

Y pensó que Mallarmé era incomprensible al decirme aime je un rêve?

Porque el sueño es compañía. Y Shelley Alvarez era impecablemente solitario, cantando al borde de la mar, sin fantasía, sin amor, sin emoción. Las luces daban al horizonte su línea: luces como algas, musgos, feldespatos, cristales, my sweet love, lluvia imprecisa.

De niño oyó de alguien decir: pobre, tan solitario. Pero no comprendió por qué pobre.

 

     

    CANCION DEL EGIPTO

    En el atardecer púrpura
    Yacen los barcos
    El Ibis lleva
    En las alas blancas
    La tristeza y el tiempo
    Y el sol conduce la arena
    En la orilla cercana
    Del Nilo Azul.

 

 

Entre el césped y el firmamento Gran Jefe Un Lado del Cielo cantó una canción más antigua que el ser humano.

 

 

La noche me parece inmensa y sola
Tu olvido
Abajo, su jazmín huele a tu ausencia
Las estrellas, arriba, tus suspiros
Son por rosas que nunca
Abrirá el alma mía
Entre la sombra
Voy. Como no me ves, no soy visto
De nadie. El cielo, más lejano
Desde que tú te has ido
Tiembla, con la pasión que no sentiste
Por mí, suntuoso y lleno de vacíos
Abierto mundanamente para el éxtasis
De mi dolor alerta el infinito

 

Y luego

 

Háblame tú con tu voz
De musmé fresca y gentil
Luna de nardo de arroz
Y marfil
Y si fueres por tu cuna
Noble y pálida princesa
Cásate conmigo, luna japonesa

Leído que hubo, Gran Jefe se bañó.

El Príncipe One-side-of-the-sky, Gran Jefe Un Lado del Cielo o alguno de sus otros nombres imitó un gesto que observara un día a un gángster. Esto lo hizo en uno de los espejitos de Galerías Boza. Y avanzó a través de la noche. Para beber dos cervezas heladas. Mientras, leía la vida de Akhenaton, la cual alternaba con fugaces visiones de la revista El Intocable. Esto era en el bar Zoilita. El aserrín del bar semejaba la arena extendida por el viento en los muelles: verdes maderos entre los cuales anidaba el alga y los hierros.

 

"Nothing is purposeless, nothing. Then why should God have given you in life a questioning mind if not to hand you in death the blinding answer?"

Menotti: The death of the bishop Brindisi

 

Gran Jefe Un Lado del Cielo tenía la complexión de firmamento sur 12º; 77º, con sus correlativas fijaciones en el plano estelar.

Cuando fue joven leía a Sir William Herschell en el Bar Pilsen. Muy solitario, lo único. Y se lo merecía todo. No tan solitario.

Pero quien lo conocía lo isolaba. Porque los enajenados producen rechazo, prevención, todo menos dulzura o ternura o Amor. El Amor que nada lo puede sino amar, el Amor que no es ciego, ni fool, ni nada. Todo esto ignoró Shelley.

Pues a todos amaba
Y a nadie temía
Por ello cada cosa
Es para él triste
Pues el tiempo
Ni el sol y los nueve
Astros; el último
De Persival Lowell
Pueden detenerlo
Y una soledad
Impecable aún
Es una soledad.
Y mucho hay que no
Debió ser

I'm a lonely man
You know. It's funny.

 

Gran Jefe Un Lado de Shelley poseía una inexplicable soledad. Porque conocía todo: la maldad, la envidia, se daba cuenta de todo lo que sobre él arrojaba la gente que no resiste una impecable soledad. Todo el mundo habla del Walt Whitman pero nadie lo ha visto llorar en su comedor. Complejo era John Keats Shelley, intrincado pero simple. Quizás la persona más transparente que yo he conocido.

Algunos quisieron protegerlo de sí mismo, horrenda frase. Otros quisieron enseñarle, educarlo. Pero él era para no abandonar, para dar íntegramente cuanto fuera suyo.

Algunas veces, cuando llego al borde de la mar Pacífico, pienso que pertenecía a la primera categoría de los ángeles, aquella categoría cuya misión es conducir porque sabe, sentir sobre sí la mirada, el puñal, la mendaz mirada y voz de las gentes. Pero, siempre errando en la elección del verbo: no sintiendo, sino sabiendo.

Ajeno, extraño, lejano, sin un corazón al lado suyo que quisiera oír su palabra.

Nunca deprimido; sino triste. Nunca agresivo, sino el terror. Tímido por haber recibido el estigma de loco desde niño. Pero confiado.

Y siempre queriendo actuar en algo: ionizado. Tolerante e inconexo. Coherente y en pie. Poco poético. Nunca sufrió, porque ningún ser biológico sufre en el alma, tal vez tiende a tropos, pero no sufre.

 

* * *

 

Gran Jefe Un Lado del Cielo llegó a las colinas con una caja de leche Gloria llena de sándwiches, gaseosas y cigarros.

He soñado tanto, tanto, que ya no soy de aquí.

La ascensión a la colina era algo peligrosa, mas no así el descenso (debido, tal vez, a las cantidades espantosas de fango que facilitarán una bajada veloz).

Gran Jefe Un Lado del Cielo recordó unos versos griegos que, alguna vez, leyera:

mortales
bajo la espuma del mar
hay una flor
inscrita sobre la arena
en el sueño del jade.
y no se acordaba qué más seguía.

Luego subió a un microbio lleno de gente y observó la ciudad a través de la ventanilla, cuando el anochecer.

Death to him's a strange surprise.

Gran Jefe sabía inglés por haber emergido de un film; español por su afición a las novelas finiseculares de Pérez Galdós, y navajo por derecho propio de piel roja. Pero, más bien, habitualmente, pensaba en acordes mayores y aumentados.

La avenida se extendía más allá de toda visión. Luego Gran Jefe durmió y abandonó así los ensueños.

Uber alle gipfeln ist Ruh.

 

* * *

 

Dante Gabrielle Alvarez tomó una ducha. Gran invento el shower. Una ducha en Fa Mayor, con despliegue de shampoo y alternativas termodinámicas.

Dado lo cual se enfrentó, o, más bien, se incluyó en el cosmos y sus formas luminosas; púsose la ropa y aconteció bajo el sol.

Pema Barrenechea, Emilio Adolfo, un poeta, otro, de mi barrio hay. En el Parque Cuba. Sentimental mi amigo: Oh Luna que remas-isleña. Yo lo he visto beber con un tanto de Melancolía. Cómo lee ese hombre. Y de qué forma estima al Giorgio Chirico.

Pero ahí tampoco el poema concluirá. En el Parque Cuba. Larry Buster Alvarez estimaba al poeta del Parque. Más vino, vin, weiu, debió beber con él. Ahora procede la Canción de la Noche de Nietzsche.

Es de noche
Y mi alma es
Una fuente
Es de noche
Y la noche
Es una canción
De amantes
Y mi alma
Es también
Una canción de amantes.

Citar de memoria es espantoso. uno olvida medio verso y añade uno y medio.

Yo, el novelista, soy médico. Y pertenezco con la cifra 8977 al Colegio Médico Peruano. Al Colegio Médico también acuden Chejov, Ramón y Cajal, Maxence Van Der Meersch y otros poetas.

Poetas entre neuronas, 250 mg. de terramicina, y algo que no aguanto en otros ni en mí: el sufrimiento. Es así que el vuelo lírico hoy está ausente. Y el misterio de la poesía lejano.

Aquello c'est bien para Mallarmé o D'Indy. El vuelo lírico... Y no me engaño: la tristeza habita en mí. Porque nada he perdido. Simplemente porque nada he poseído. He dejado mi huella en el tiempo y viceversa.

Aleksandr Alvarez dio de Mendelssohn la canción sin palabras. Nada solitario Shelley. Más bien la solitud andante, el vacío pleno. Lo que no debió ser. Algo más merecías, Shelley. Pero como eras egoísta, jamás supiste recibir ni pedir. Únicamente dar. Y Dios dejó sobre ti qué sé yo, el penoso anduve, y una palabra que en nadie encontró corazón. Y no conozco en qué residiera tu felicidad. Y no hubo un amor imposible ni un fracaso: pienso que el mundo te fue difícil: y tú, no maldijiste de él. Aceptaste, pues así llegaste a ti mismo, tu impecable, humana, admirable soledad.

En el aluminio, en las ramas, en las luces de los malecones, en los muelles de tablones hay algo estático. Qué te ata Shelley Alvarez y acrecienta tu aislamiento. Creo que eres un pillo, Shelley, y enlazas tu corazón a nadie.

 

Yendo por el camino del luminoso universo E=mc2 que se expande pues las líneas espectrales corren hacia la inenarrable Belleza del color rojo a través del prisma de Frauenhofer y en virtud del principio de Doppler-Fizeau.

Así me he convencido de que no hay final para la bóveda celeste, ni límite alguno para algo que habita tras el pecho, víscera que hay quien apela corazón. John Keats Alvarez se sorprendió lírico. Y no sólo no corrigió su poema, más aún, lo leyó con satisfacción y Armonía.

Y abandonó sus dos pianos: el Erhard, el cisne, y el Pleyel que le recordaba a aquel triste joven Chopin en Valdemosa. Y un verso de Dickinson.

Dos puestas de Sol
Te envío

Y como el ser humano, creado a imagen etcétera, se supo por siempre solitario. Pero de una soledad inexplicable.

De aquéllas:
Que no matan, sino elevan
Que no aíslan, sino plenan.

Luego de arrojar al estanque los dos pianos, alejó de sí los grandes temas de La Poesía: El Amor, La Poesía misma y La Muerte.

Para escribir mejor, tal vez, del gran tema del vivir, La Vida y su transcurso (si es que el Tiempo existe).

Muy coherente Shelley Alvarez: te lo merecías todo. Como lo merece cada ser que nace y vemos en él a nosotros, y a cada uno.

El hombre es inmortal dice Julio Cortázar, quien no sé cómo ha leído a Dante Gabrielle Rossetii. Un poeta peruano también lo afirma.

Yo no sé cómo ha de ser, pero respeto la opinión de mis mayores. Igual Lawn Tennyson Alvarez, que creía:

Que la gente no es mueble
Que la gente es inmortal
Que la gente es igual

Y que la mendacidad, la envidia, la terquedad, la traición, tienen tanta fuerza como nada. Y que no logran rozar la piel de una persona.

Porque ellos serán consolados
O verán a Dios

Y todo dolor, todo sufrimiento, todo callejón sin salida no es sino una pasajera brisa, ni aún esto.

Por eso, John Keats abandonó los grandes temas de la Música, los grandes temas de la Poesía.

 

     

    Puesto que el Arte
    es el reflejo y
    John Keats Alvarez
    adoptó lo reflejado.
    Con una impecable soledad.
    Dios ponga cabe a mis
    lágrimas.

 

 

 

 

BOOK THE 19th

 

 

Praeludium

Hay en ciertas almas
Como una cualidad inexplicable
tan ajena al recuerdo
Como lejos así del olvido
Hay una cualidad inexplicable

Esta grava otoñal, esas antorchas
En las calles de bruma
No serían, lo sé; tal vez ausentes
Y en ausencia tornadas me dirán

Que no puedo ocultar
Mi sentimiento

 

CHORAL

John Keats Alvarez descubrió dos poemas a los cuales un afecto a través de no sé, de las almas que conduce La Poesía por el único estruendo de los mares: el Aral, el Indico, el Bodense, el Balaton, una laguna cercana a Ticlio, y estanques, charcos, marismas, jardines inundados por mangueras abandonadas por las domésticas, espejos, vasos, agua salina en un balde del niño en la playa.

 

* * *

 

Shelley One-Side-of-the-Sky contemplaba dos poemas idénticos, pese al transcurso:

Y cada vez más se aclaraba que durante el siglo anterior, los Románticos lucharon por diferenciarse de los mamíferos más aún que en otras eras, otros tiempos.

Y todos tan jóvenes en la partida. Y no por despreciar el vivir, más por el ciclo natural de quien halla algo más que lo irreal en los sucesos. Y se melancoliza y desgarra y alegra. Pues sabe que su vida no ha de ser feliz, pero humana.

     

     

    Farewell tehrefore all the fruit which I could from Love receive: Joy will not with sorrow weave nor will I this grief pollute.

    Andrea Marvell

     

         

        My days are in the yellow leaf
        The flowers and fruits of love
        Are long time ago
        The worm the canker and the grief
        Are mine alone.

        Lord Noel Byron

 

 

Puesto que el Romántico no se engaña jamás: Dichtung und Warheit: La Poesía de mano de la Realidad, dijo el áulico, noble anciano, Wolfgang Goethe, ante cuyos ojos todo el Infinito se extiende.

Shelley Alvarez tocaba el Último Concierto Romántico: El Primero de Sergio Prokofieff.

Y su alma pensó dos Epitafios: Extraños, epitafios para quienes aún viven:

Aquí duerme Andrea Marvell
y tierno y azul
Poeta de Inglaterra: 1621 - 2001.
Morirá después que nosotros, cuñado.

En Grecia no reposa ni yace Lord Byron, muerto en la
Hélade: La inspiración se lo prohíbe
Musagetae Heliconio dumque Choro
El horror de cesar de soñar
Y es su sueño tan real
Que ni duerme ni reposa Byron.
Lord Byron caído en Misolonghi.
Esto llámase Strebung.

 

Shelley Alvarez se presentaba por primera vez en el Bolshoi de Moskwa. Interpretaría uno de los Conciertos que amó desde su infancia. Concierto para la mano izquierda de Maurice Ravel, el indiferente autor de Gaspard de la Nuit, alambres, surtidores, brillo orquestal: un niño de pecho al lado de Claude Debussy, pero un niño misterioso y solitario.

Lo hizo tal cual era: pleno de Sol, para la mano gaucha, pensaba. Y reía ante la Armonía fluyente, nebulosa, plena.

Encorizó por costumbres: Agua Primaverales de Sergei Rachmaninoff.

El Arte no tiene fronteras. Los mapas sí etc. La obra del aristocrático francés conmovió a aquel público que desde 1917, poseyese lo que poseyera, se autotitulaba proletario.

Descontento Shelley Alvarez: el Concierto era concluso y salía de la sala para enlazar su corazón a nadie.

Bebió, entonces, con la mano izquierda a la salud de Maurice Ravel, a la salud de su propio vacío pleno.

Fue ahí que se eló, sin h, de elación. Y cantó por las calles moscovitas canciones ya olvidadas. Nada solitario el Alvarez, más bien sereno, tal vez borracho, evidentemente le plus que lente, pero velocísimo. Y ante la amenaza del recuerdo:

Memoria, ciega abeja de la amargura.

Prefirió beber piú vodka. Confuso recordó sus lágrimas, ante el cuadro de Repín que presenta lo que fue de Moussorgsky, cubierto por la bata que Cui le prestara cuando reponíase de su último Delirium Tremens.

Soy muy emotivo, concluyó, o, más bien, el alcohol etílico (Ch2-Ch2-OH) es muy emotivo.

Y la fatiga lo impulsó a la acción.

Aquí dejo de lado las reflexiones de Alvarez sobre las triadas, por encontrarse ellas en cualquier tratado de Harmony. Así como a Melville se le elimina sus acuciosas descripciones sobre el destazado de los cetáceos.

 

 

 

 

BOOK THE LAST

 

1 Preludio en Si menor

         

        (op. psth. F. Chopin)

 

 

Escribir me es muy fácil. Sobre todo porque sólo algo tengo que decir:

Que toda persona es el centro del Universo. No de su Universo. Sino del Universo total maravilloso, resplandeciente e infinito.

Todo esto, únicamente el efecto de frasco de Whisky y de etiqueta negra, pueda que sirva para que los seres humanos no sean tratados como muebles en nombre de la irrisoria idea que algunos poseen de conocer y ser jueces de la realidad.

Yo no creo que lo que diga sea cierto. pero en mí estoy seguro que todo ser humano es el centro del Universo.
Y seguramente así me parezca por ser lo más irrazonable que a mí acude:

además tengo nostalgia de la mar y quisiera escuchar de Grieg La Suite Lírica, no menos nostálgica que la mar:

 

2 Bendición de Dios en la Soledad

         

        (Ferenc Liszt)

 

Este cuaderno, notebook o cahier yacía entre partituras y particellas sobre los pianos de Keats que, vaya Dios a saber por qué, instalaba en los garages. Nada dicen, pues, todo es un no decir en quienes la Melodía dejó su inalcanzable acierto. De nadie hablan, pues quien existe es inexpresable. Nada relatan, porque la soledad no es cuento.

Pero es bello para el novelista el haber podido llegar a un directo testimonio de lo que pensara Shelley Alvarez.

Y cuán diferente es el pianista de la novela del pianista que, quién hubiera de saberlo, en estas líneas dijo lo que pensara.

Gran tipo Byron Alvarez. Ya lo sospechaba yo al escribir su novela. Y en algo semejante a mí: en ningún instante descontento de lo escrito. Y menos aún preguntándose el por qué escribiera.

 

3 Serenade

       

      (Anton Dvorak)

 

 

Aquí interrumpo los detalles biográficos. Y biológicos, y Doy paso a Lo que John Keats Alvarez llamó Invenciones.

 

 

Im Abendrot

A través del dolor y la alegría
Hemos caminado
Déjanos ahora descansar
En esta tierra silenciosa
Al atardecer cae en los valles
Se oscurece el aire
Dos aves ascienden
Soñando en lo lejano
Pronto será tiempo de reposo
y no equivocaremos el camino
En esta soledad
Oh paz tan largo deseada
Tan honda en el crepúsculo
cansados ya de errar,
Quizá sea la muerte así.

Joseph von Eichendorf

 

Puedo pasar por alto el inicio del manuscrito: él no aporta nada en especial para el conocimiento del Impecable Shelley.

Se inicia con las frases de rigor: nací el 22 de Abril de 1724 en Koenisberg, siendo el cuarto hijo de una honrada familia de artesanos de regular aunque no insignificante fortuna. En 1947 ingresé al Conservatorio Nacional de Música Bernardo Alzedo con uno de ....................................................... dominé en minutos, pues me era necesario el Tiempo restante para vivir en una Impecable soledad.
El período turbulento de la adolescencia se lee en Tom Sawyer, David Coperfield y el personaje de Salinger cuyo nombre recuerdo pero buchstabeo mal.

 

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