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Iván Silén

Relato extraído de una antigua y desaparecida página web del autor.
Iván Silén nació en Puerto Rico y vive exilado en Nueva York.

 

 

-¿Qué día era?
El día era tan oscuro que casi no se podía ver. La luz parecía neblina y no sabías si te estabas tornando miope, o si los espejuelos estaban sucios. Sin desesperar aguardaste a que la luz defondara todo lo que había de empañado en tu cerebro. Sabías que lo amarillo del alba iría embelleciendo las calles. Era siempre el preciso momento donde te oías a ti misma y donde salir del sueño se te hacía difícil. Reconocerte, saberte tú y no otra era un acto monumental que te producía terror.
Me joden las calumnias y los plagios. Me fastidia el intento nocivo de algunas escritoras y cineastas en la desesperación de convertinos a todos en moda. Basta pensar en las películas "Wings of Desire" y en "Far Away, so close" para entender lo que está sucediendo. Pienso también en la película "The Front", en ese escritor anónimo que escribe para otros escritores más anónimos que él para comprender que la intertextualidad de Equis es un solemne plagio. Escupes.
Primero Jacob peleando con el ángel, luego la anunciación de María por el ángel cojo, y posteriormente la Edad Media podrida de más ángeles de tiza. Después García Márquez y ahora esa periodista que entrevistaba a los mismos ángeles adónicos de siempre. Era la moda y era imposible no pensar en "Interview with the vampire", y en ese lirismo femenino que recordaba a Frankenstein. Todos hablan de lo supeficial: que si Miguel, que si Gabriel, que si Metratón y toda esa mitología amorosa que el cristianismo letrinaba más allá de lo posible. Era el amor. ¿Era el amor con Dios? ¿El orgasmo supremo? Ahora después de escupir a través de tu colmillo, la saliva estaba a tus pies como un pedazo de semen, sonríes por lo grueso de la palabra.
Molesta por la voz de tu pensamiento te asomas a esa mañana hermosa de noviembre, 40 grados, por ese viento azul que te circunda y que golpea las ventanas. Todavía la copa de los árboles amarillenta contra ese viento donde el sonido se hace más rojo y la luz más anaranjada, vidriosa, otoñal, que golpea el sucio de las ventanas de Manhattan.
¡Ah, cómo me hubiera gustado decir Bogotá, o San Juan, o Lima, pero las citas con el destino no poseen augurios! Son así voluntariosas; son azarosas y malas. Aún bajo la sonrisa de la Sedienta, aún bajo la luz de la Deseosa que no conozco, ésta no muestra la envidia de la Exégeta que hermeneutiza en las últimas mesas mugrosas de la biblioteca de la calle 42 donde se masturba. Contemplas la esperma. La mancha como saliva que pisan distraídos los que caminan bajo la belleza de la luz de las sombrillas. Hoy podría ser Navidad, pero es noviembre. Realidar contra el reflejo (de ti) que te otorga la vitrina (maniquí del cielo, astronauta de la nebulosa de Cáncer) no tiene sentido. Te palpas los senos indecentemente (piensas en la mente indecorosa de Narciso) ante la mirada atónita de las mujeres. Ególatra, como una niña de diez años que ha perdido a su madre en las camillas blancas de los sueños blancos, sabes que no poseer tu casco astral, de buzo espacial que te proyecta incompleto en el reflejo, es de mala suerte. Tu imagen no se ha cumplido. La luz del cielo lastimada posee el olor incoloro de la esperma de algún hombre. Polvo del cielo (todavía el asco es delicado) espuma, polvo d'Exégeta en el silencio de los libros olvidados. Miras así, vidriosamente, las palabras del olvido y del polvo que yacen delante de ti. Buscas en los diccionarios el adverbio "dantes" que M. Alonso ubica en el siglo XI al XIII. Parece derivarse del arcaico "denante", formado por "de" y "enante" (inante del latín tardío).
Sin poderlo evitar la joven que ha estado mirando el movimiento de tus manos, o la muchacha que no sabe nada de los peces de oro que yacen fijados en la redes rotas del mamotreto, o la que se levanta al lado del "sputnik" con las orillas rotas, al lado del mar, al lado de la sombra amarillenta de tu voz (titubeas, no puede estar sucediendo ésto) y la oyes, seducida llegar a interrogarte con esa libertá y esa violencia que poseen los jóvenes:
-¿A qué te dedicas?
-¡Realido!--dices como si hubieras salido de los adverbios y los prefijos.
-¿Realidas?--más deslumbrada aún por la ironía de tu verbo se mira en el asombro de tu estanque hasta contemplar los ojos grises de Narciso.
-¡Sí--dices infantilmente--digo realidades!
-¡Oh!...
No sabes en qué lugar del mundo, en qué café, en qué discoteca, en qué banco apolillado del parque tu voz de Metratón-hembra, masturbada la ha confundido con el gesto secreto de su propia mano. Pero a pesar de la confusión la luz cae todavía intacta sobre su rostro. Te pones de pie y ella que se ha sentado junto a ti se pone de pie, te diriges hacia la puerta de la biblioteca, la empujas, te diriges hacia los escalones, los bajas, te detienes frente al semáforo y ella, como si fuera tu acompañante, te imita.
-¿De qué vives entonces?--te pregunta mientras te toma del brazo aprovechando que la luz del semáforo ha cambiado. No sabes qué haces allí, pero no te importa. Acostumbrada a los delirios de Amara-Marut desembocas a tu suerte de estar al lado de ella con ese peligro benigno que te reclama. Ella contempla tus dedos largos que se aferran metálicamente a su abrigo negro, como si tú no fueras tú, como si tú fueras otra persona. Seducida por el olor de tu piel rechaza el olor a muerte de su instinto.
-Parece que va a llover--dices insípidamente sabiendo que tu propia trivialidad te traiciona, pero ella no parece darse cuenta. Levantas la cabeza hacia el cielo y ves ese montón de nubes que se precipitan desde el norte cargadas de frío.
-Parece que esta noche va nevar.
La visión de la ciudad empapada de blanco, cubierta de esa tiza espesa donde tus botas se hundirán, se te impone poco a poco a la visión del otoño y a la visión monótona de ella. Cierras los ojos y sabes que el color de las noches de nieve es rojizo: ojos de ratones blancos contra un cielo poderosísimo e inmenso. Contemplas el pelo rojo de ella y te sonríes.
Caminan entre la Sexta y la Quinta Avenida a la altura de la calle 42. Bordean el parque como si fuera una burbuja enorme donde se respira. Entonces tú, ahora, evitándola, desviando su fiscalización, su roce, su belleza, lanzas otra pregunta menos pretenciosa:
-¿Quieres una pizza?
-Sí--dice y cruzan a todo escape a través del laberinto de los taxis amarillos, de esa multitud de claxon y de esas hojas que chocan en el aire contra esa belleza olvidada e inútil, la cual nadie se detiene a contemplar. El otoño (amarillo, anaranjado, rojo) para esa multitud de zombis no existe. Está interrumpido por esa gama de edicifios feos, descascarados, babélicos, que hacen de la realidad un objeto extraño y onírico.
-¡Las hojas!--exclamas enamorada del mejor de los otoños posibles. La muchacha se ríe de ti como si fueras tonta. Se ríe con esa sonrisa falsa que poseen los que se creen superiores. Pero ni ella ni tú poseen la magnanimidad de ser superiores a la belleza de las hojas que ruedan amontonadas en el aire.
Te ríes. Ahora eres tú el que se ríe cuando oyes su voz amarilla, más anaranjada que las medias que le llegan a las rodillas redondas, ávidas de ser miradas en los pliegues delicados de sus rótulas. Caminas a su lado evitando las ambivalencias y las ridiculeces de tu propio pensamiento, lo ambiguo de sus preguntas y tus contestaciones inciertas.
-"Somos la pareja ideal de los letreros"--murmuras y ella, más intrigada que antes, te interroga:
-¿Qué haces aquí?
-¿Aquí?
-Sí, en Nueva York.
-...
-Dime y no te hagas la loca--dice con una familiaridad tal que te hace ladear la cabeza para contemplar los ojos aceituna de tu ser idiota. Ella doblada sobre sus redes rotas, devolviendo esos peces de oro sísifamente contra las lentejuelas de una tarde que se oscurece súbita. Irónica, sin poder contener tu propia risa, dices:
-¡Levito!
-¿Levitas?--pero no eres tú la que levitas, sino ella que desciende de esa nave rusa que levanta el polvo lunar, mientras hace un ruido más ensordecedor que las bocinas de los carros de la Quinta Avenida. Pero también eres tú llenándote los brazos de diccionarios, para que el vigilante de la Biblioteca Sepultada no vea que, entre tú y el suelo, hay una diferencia ósmica de seis pulgadas. Huyendo de ti, huyendo de lo incierto, la tomas por el brazo y la interrogas como si fueras ella:
-¿Todavía quieres que comamos una pizza?
-¡Sí, sí!--afirma como si se hubiera olvidado de tus ironías.
Detenidos en uno de los tantos come-y-vete niuyorquinos la joven te mira intrigada y estimulada por ese diálogo fragmentado que la ciudad provee y por el aspecto neutro de tu apariencia. "¿A qué te pareces?" O quizás, "¿qué eres?" Ella no lo sabe. No te sospecha en la mente desierta de la comentarista que contempla la esperma como pega con esa misma mano inédita con que le otorgas la pizza. Es el secreto. Todo es el secreto, lo incierto mismo que funciona delante de nosotros bajo la desfachatez más deslumbrante. (Esta desfachatez son la burlas de los dioses en el corazón de los poetas.) Todo lo que acontece a la luz de los hombres, aún la indecencia del tiempo, el del incierto futuro y el del temible pasado, es el secreto mismo. El historiador y el filólogo se desviven ante él. Aun así, la luz cae repentinamente sobre las pequeñas mesitas pegajosas que ella trata de limpiar, no tú que la contemplas altiva, con esa servilleta que se pega, se deshace desagradablemente. La mente inútil de la mujer que limpia, acostumbrada al oficio, la escoria de la propia imagen desconocida en la otra mujer que se burla y ríe.
-¿Sabes por qué Dios creó a Eva?
-No, ¿por qué?
-Porque el Paraíso estaba tan sucio y tan abandonado que Dios le dijo a Eva: "Toma esta servilleta de la costilla de Adán y limpia la esperma de su mesa." Eva te mira como si te hubieras vuelto loca, como si fueras verdaderamente una demente, como si hubieras preferido escupir sobre la mesa y limpiarla así como la limpias ahora mientras escupes desvergonzadamente una vez y ella grita: "¿Qué haces, bruta?" Y vuelve a gritar más violenta todavía: "¿Cómo haces ésto aquí delante de todo el mundo?" La tomas de la mano como si soñaras, la sacudes dulce y maternalmente como si fueras Diana, como si estuvieras controlando los potritos negros de la otra que lejana, red al hombro, alucinada por las lunas de marzo, corre desnuda por la playa ante la mirada insólita de los niños que la contemplan erectos. Son los caballos de plata que se estrellan contra la luz y se revuelcan contra la espuma. Es el mar mismo que va luciendo sus crines de bronce, de ceniza, de oro. Son esos sueños remotos donde ella (cuál de ellas) cruza descalza, pezón al aire, como si fuera esa otra que ahora, delante de ti, se revuelca curiosa en tu mirada empozada.
-¿Escupiste?
Cierras los ojos sabiendo que la realidad te desborda. Sabiendo que ella busca en tu mirada lo que nadie debe ver, lo que nadie debe oír... la muerte misma de las cosas. Sabiendo que tienes delante de ti una mujer, pero no sabes, cómo podrías saberlo, cuál de las tres es ésta. Sabes que los dioses se están burlando de ti, pero es inútil comunicárselo, porque ella pensará que tus sarcasmos prosiguen. Es inútil hablar de ellas. Es inútil decírselo a tu madre, como inútil sería decírselo a tu director de tesis. Contemplas el epitafio, pero no puedes leerlo.
-¿Qué viste?--la interrogas.
La muchacha, en la biblioteca de la Exégeta contempla las mismas manchas de semen sobre la mesa pegajosa donde yacen las pizzas de brocolli olorosas y deliciosas. Titubea, pero es natural que ella titubee debajo de la energía de la luz amarilla de los otoños que se multiplican por el mundo. He aquí que la luz, por éso mismo que ocultas, es total. La contemplas y lo sabes: aún en los dientes blancos, donde su sonrisa se opaca, la luz se ha cumplido. Le ofreces, entonces, el vaso de jugo de china, pero no dices "china" para que no se desoriente más de lo que está. Dices "naranja" y sientes estúpidamente el sabor mohoso de la costumbre que no te pertenece. Hay palabras que son, independiente de lo que digan los idiotas, y hay palabras que no son. Cuando retrocedes para cubrirte culturalmente (alguien se ríe de ti) te traicionas.
Tu respuesta, ahora, ha sido ese intento de realidar la costumbre. Respuesta de la incursión a tu ilusión oculta, mientras tratas de reanudar una conversación que ya no es posible. Chupa con el sorbeto su-jugo-de-china (se tuerce el miembro desviado--el sorbeto jorobado como un arcoiris en el cielo del sueño--mariposa del pene de las alas de seda y a la vez esa navaja que entra sutil sobre el prepucio del hombre). Sin despegar tus ojos de sus ojos, murmuras las palabras que nadie debe decirle a otra persona. Paranoica, oyendo el glú-glú de su garganta, oyendo el salto de su voz cuando tú muerdes artificialmente la punta de la pizza, te sabes atrapada una vez más, infinitamente, y ligada a sus preguntas la dejas repetir:
-¿Cómo te llamas?--dice y tú tienes miedo de ser sincera. Tienes temor de revelarle tu verdadera personalidad. Callas, pero no puedes evitar murmurar tu nombre en medio de tu alma: ---Eco. Sueñas, pero las preguntas se repiten en esos momentos que la realidad tiene de sueño. Entonces sus preguntas se repiten:
-¿Tú crees en Dios?--te interroga como si ya hubieras contestado a todas las demás preguntas y sientes que su nueva pregunta te compromete. Contestar a ella es siempre contestar al mundo. Mirar a ella es siempre mirar hacia ti misma, mirar hacia tu propia imaginación y entender que tu juicio sobre Dios está suspendido.
-...
-¡Dime!--ordena imperiosa mientras tragas el pedazo de pizza que se te ha quedado atascado en la garganta por la violencia de su pregunta. Ella busca en lo fugaz de ti esa forma de ser que la espanta. Entonces retrocediendo, mirando en lo profundo de tus ojos, exclama mimosa: "¡Por favor, dime!" Tragas una vez más y respiras el cuerpo de la luz que necesitas para no sucumbir a tu secreto.
-¡Autoridades!--dices
-Edición facsímil--dice burlona--de la Real Academia Española.
-¡Sí, sí!--repites como si fueras idiota. --¡Soy el Diccionario de Dios!--la muchacha se burla de tu ocurrencia. Se lleva el pedazo de pizza a los labios y te contempla emboscándote detrás de ella para ver cuál de las dos es el límite del juego. ¿Cuál de tantas ellas proyectadas se burlará ahora de ti? ¿La niña junto a la playa de las aguas vivas? ¿La joven de la mesa repleta de diccionarios, o la muchacha real que no ha oído la luz, ni ha soñado las mañanas hermosas de este noviembre? Por primera vez, a punto de orgasmar, a punto de levitar, no sabes verdaderamente quién eres, ni sabes tampoco quién es ella. Su boca llena de grasa te cortocircuita, te interrumpe y sientes esa sensación de día nublado que sus preguntas producen en tu memoria. Sus labios sensuales, su cabello rojo, se mueven como hojas anaranjadas en el aire. La inhalas, le hueles su alma con el mismo sentido de los gatos callejeros, hábiles, astutos, angélicos y concluyes que ese cuerpo desconocido, inmaculado, es la mujer misma de siempre. Neutra, lejana, huidiza, con esa extrañeza que poseen las estatuas en los parques. Hay algo de luz y algo de la biblioteca siniestra en ella. Y otra vez, como si estuviera allí, delante de ti, para hacerte preguntas, como si fuera un fiscal que no puede evitar simpatizar con su acusado, te interroga:
-¿Tú crees que somos de la sustancia de los sueños?--se sonríe y te sonríes. El sorbeto suena en lo profundo de su vaso de cartón y mira a través de él las últimas gotitas del jugo. Miras como si miraras por el microscopio que hay en tu estudio esas ventanas donde las mujeres niuyorquinas sueñan. Entonces por jugar, por decir algo, sin poseer la habilidad de los sofistas, dejándote llevar le dices:
-Sí, somos de la sustancia de la luz.
-Polvo de luz--dice maliciosamente.
(Te estás dejando manosear.)
Volteas los ojos hacia la luz como si los voltearas hacia la sombra de ella. La luz ha tropezado en la vitrina del café y se ha colado infinita y próxima. Un prisma, sin que ella lo sepa, solo un prisma la ha multiplicado en las muchas mujeres de las sombras posibles y nadie se ha dado cuenta de la gracia. Otorgada de gracia la luz es graciosa. Velo de Dios que se hace transparente y desaparece en su propia claridad. De momento, como si fuera insólito, los ojos de los peces, en algún estanque, en alguna playa, en algún sueño desierto, comienzan a podrirse. El cristal de sus ojos se pudre también y un mal olor, en las lágrimas contenidas de su mirada, puja por caer de su mirar empozado al sonido alegre de su voz. El ojo de ella también, y oscuramente, es un charco de esperma que se seca.
(Piensas en la joven de la biblioteca, pero ella ya no te mira. Piensas en la mujer de las redes, pezón al aire, pero esa ya no te ve.)
Montones de burbujitas de oxígeno afixiado comienzan a desaparecer bajo la fuerza de alfileres invisibles. La muchacha trémula (al recodo del tiempo del sueño) le toca el ojo al pez y su gesto se torna colectivo, mientras se hunde en lo profundo de la córnea como quien deposita el índice en la yema de un huevo. La muchacha se estremece. El asco de siempre es ese asco que se le refleja en las pupilas como si estuviera comiendo pulpos crudos y sientes, sientes tú, estás seguro de ello, las gotas de sudor que le corren en los escalofríos de la espalda. La mirada ciega de los peces de cobre, la mirada amontonada, buscan la mirada erizada de la muchacha de pelo rojo (de pelo negro, de pelo amarillo) que retrocede, tropieza y se enreda en las redes cayendo de culo en la arena que el mar ha endurecido. Los cangrejos azules la contemplan sin saber si retroceder o si atacarla. La muchacha con la falda sobre el sexo los contempla. Peludita, ligera, el agua corre brillosa desde su sexo negro y sabes que el mundo es así y sólo así. Añadir violencia a esta belleza es desconocer el principio mismo de las cosas.
Los prismas, lo has sabido a través del tiempo, cuelan la luz como si esta llegara del alma misma del universo. Como si la luz llegara del alma misma de las sombras: erotizada, cálida, desnuda. La luz es la mujer misma de las cosas. Un virgo de tela que sirve de cortina de encaje entre la piel de Dios, pristísima, y la piel de los hombres. (Diana ha soltado los perros y el cazador confundido, erótico, titubea ante el brillo de los colmillos de los canes.) Los erizos yacen en medio de la arena. La luz hipnótica, como el tiempo, como algunas mujeres en su sabiduría, no saben nada de sí. Sentí, te asombras de sentir de esta manera, que en el tiempo de las oscuras bibliotecas, o en el tiempo de las playas relucientes del alma, o el tiempo de los sueños, no acontece absolutamente nada. (Alguien grita.) Los peces de cobre, relucientes de moho, son falsos. Los hechos también están vacíos y la tarde a pesar del ardor, a pesar del deseo, languidece. Sólo ha venido ella a sentarse delante de ti. Sólo has venido para que oigas tu voz como esa noticia intrascendente y desierta. Pero no te lo dije. No tengo (o no tienes) el valor de decirte nada. El reló da vueltas frenéticamente y tú hablas de la crisis del mundo (del renacimiento, del romanticismo, del socialismo, de la democracia) y dices "etcétera" como si la crisis del hombre fuera la eternidad repetida de ese "etcétera" sarcástico.
(Acteón ha gritado.)
-Somos de la sustancia de las crisis.
-Me gusta tu blusa--miento.
"Me gustan tus tetas"--pienso. Fuera de eso no se me ocurre decir nada, ni pensar nada, porque fuera de eso no hay nada más que decir. Me gustaba el silencio y me agradaba estar así delante de ella con este miedo y esta mentira delicada que me embarga.
- ¿Tienes miedo?
-Me gusta el silencio--añado y miento para evitar el desastre. Pero tú, infinita y desierta, tú Artemisa, te pareces al mundo, eres el mundo, cuando afirmas:
-Me gustas cuando hablas.
-¡Dios mío!--pienso y me ruborizo
Se sonríe. Busca en su carterita de metal, contempla la cerradura mohosa, y extrae el dinero adecuado. Pide la cuenta y con ese gesto de mujer a la deriva, con ese gesto de quien ha perdido la ilusión, paga. Nos ponemos de pie y decidimos, una vez más, salir al desconcierto de las calles de Nueva York.
La Exégeta (¿cuántas somos?) cierra los diccionarios. El hombre de la luz infinita recoge las redes y se voltea. Ella no lo ve, pero a las tres (¿cuántas veces seremos tres?) las ilumina aquella luna temprana que sale detrás de los edificios de la ciudad. La tarde ha realidado y ninguna de ellas, ni siquiera yo misma, se asombra de los pasos que damos. Caminamos idiotamente sobre el milagro que somos. Y sé que la costumbre nos ha atormentado y nos ha atontado. La luna ovni, fugaz, más rosa que nunca, haciendo su balance contra el gris de las primeras sombras, se queda con el firmamento. La encrucijada de las que no podemos estar juntas, más allá de lo permitido, yace delante de nosotras. La luz se escapa y el hollín, o quizás el rocío mismo (o el humo del infierno--o los pasillos de las universidades del odio, como polvo de estrellas en el hálito de las ventanas--) se va adhiriendo a las paredes como sombras. Es el alma de los hombres lo que se tornaba oscuro en la nostalgia y no hay forma de decírselo. No tengo palabras para ti, ¡oh, Diana!
La mujer (la niña, la muchacha--¿la muerte?--) bajando la escalera de la biblioteca de la calle 42, me toma de la mano. Siento su humedad pegajosa, siento lo amarillo de la luz de su alma y comprendo que es inútil. Cada gesto que me ofrece la retrasa. No sabía nada de mí y no sabía nada de ella. No importaba el pedazo de eternidad que compartiera a su lado, así sería siempre. Ella sería inocente (inmensa en su nombre no dicho), casi tonta, y yo sería el Sideral que estudia abúlicamente el semen seco de los hombres (esa pega seca en las páginas de los libros antiguos). Ese padre que se masturba sabe Dios contra qué ventana. Contemplo la oruga verde y la oruga azul (la arruga de Dios en la piel infecciosa de mi alma--pene de la larva de la mariposa que disecada aletea todavía en la oscuridad de su luz--).
-Soy yo--te digo.
Toco el papel crepé de las alas (pellejo de Dios--semen muerto--) fosco, duro, oscuro y me deslizo astralmente en el alma de Dios. Abro la puerta al hombre que llama y oigo su voz: "¡Dios no existe!"--dice papá. Pero las cosas son más poderosas que tu voz. La muerte es más poderosa que tus labios empapados, húmedos, donde el molusco de tu crayón, de tu lengua, descubrirá el secreto de mis alas. "Son falsas"--digo. --"Es otra broma." Abriste los ojos (la niña abre el alma, la muchacha abre las piernas regordetas, duro mármol entre la vida y la muerte) y me ves. El sexo, almeja rosa, molusco tierno, exhibe su perla. (Acteón se precipita sobre Diana.)
-Soy yo--dijo.
Y comprendimos de momento que el mundo ha cambiado de sitio. Te molestan como a mí las calumnias de los manuscritos y desprecias todos los plagios del mundo que caen como una maldición sobre los escritos de las mujeres. Cierras los ojos y penetras tripartitamente tu molusco. El misterio estaba allí duro, filoso, abierto. (La joven te mira desde el otro extremo de la lupa.) Viste lo nocivo de los poetas que sucumben en las modas. Miras el comercio de las mujeres y la penuria de los hombres. Miras frente a frente a los Nerones de turno y te desagrada el mundo, lo desprecias. La mariposa de Dios vuela contra las paredes del útero. Te muestro tu propio nombre destruido sobre la servilleta deshecha. Te estremeces y ambas, desconocidas, oímos cuando Diana orgasma. Nueva York se ha ido quedando atrás poco a poco, como si nunca hubiera existido. Las mujeres de Lot (¿nosotras?) se han parado en los andenes de los trenes inmóviles. Miramos la ciudad y la sentimos gemir. El llanto es cálido, delicado, hembra. Es un llanto amargo, un llanto oscuro que se ha confundido con el hollín como si todas las mujeres estuviéramos llorando.
-¿Cómo te llamas?--repetiste como si nos acabáramos de encontrar.
-¡Autoridades!--digo para burlarme. Miento para escapar al espanto.
Pero esta vez no hubo ironías. Esta vez era siempre. Estábamos delante de lo eterno. Estábamos delante del misterio de las cosas todavía. Aquí, entre tú y yo, delante del cuerpo de Diana, destrozado por los perros, delante de los pasos de Acteón, huyendo de sí, poseemos aún la belleza de los árboles del parque, el grito de los niños, la luz de las estatuas.
-"¿Cómo te llamas?"--preguntas inútilmente ante la belleza de esa mañana de otoño. Nunca antes, en ningún lugar del mundo, se había porfiado tanto por una pregunta. Titubeo, porque sé que con mi nombre me arrebatas el secreto.
La muchacha molesta dobla su sorbeto dentro de su vaso y se pone de pie:
-¿De qué te burlas?--dice.
Era inútil.


16 de noviembre de 1996
26 de diciembre de 1997
24 de noviembre de 1998

 

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